lunes, 2 de febrero de 2009

¿Terror?


A menudo La Vida da más miedo que las películas. Las heridas de La Vida hieren más que las del cine, más que nada, porque éstas son de verdad. Si duele, te has hecho daño. Si sangra, estás sangrando.

La Vida que vivimos no consiste más que en un camino de adoquines. Los adoquines que pusiste ayer determinan dónde estás hoy. Los que pongas hoy, harán que cuando el día de mañana mires hacia atrás tu camino esté más o menos torcido.

Los caminos rectos no existen, o son muy difíciles de alcanzar.

Haces tus elecciones, tomas tus decisiones. Aterrizas en una casilla o en otra del tablero y en este juego es muy difícil volver hacia atrás. Lo normal es que cada tirada del dado sume.

Carta en la mesa, presa. Decíamos de niños.

Haces tus elecciones, tomas tus decisiones. El problema es cuando esas decisiones afectan a tus semejantes. No puedes mover el tablero y pretender que no se muevan las piezas.

Acción-reacción. Si accionas... ya sabes lo que puedes esperar.

A veces no es difícil errar el tiro. A veces lo difícil es hallar quien te ayude a apuntar.

Es tan sencillo equivocarse.

En las pelis de terror se dice Corten y el monstruo se quita la careta, te duchas para limpiar la sangre falsa y borras el maquillaje de morados y amputaciones. En La Vida el monstruo sigue.

Arreglar el pasado es una utopía. Sólo sirve seguir adelante. Los pasos que des hoy pueden enderezar el camino que torciste antes.

Y a todos nos sale torcido alguna vez, ¿no?

Lo que no hay que hacer es tener miedo de intentarlo.

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PSYCHOBASE: 333 Asesinos de Cine


El pasado mes de noviembre, y a través de la editorial Dolmen, se comercializó por fin la esperada edición definitiva de la PSYCHOBASE, el recopilatorio-compilación-glosario imprescindible para todos los amantes del cine de género terrorífico.

Se trata de un trabajo colosal realizado a seis manos por Emilio Martínez, Rubén Pajarón y Marta Muñoz, responsables de la web de terror www.aullidos.com, y que recoje las biografías y fichas técnicas de los asesinos psicópatas más famosos y terroríficos de la historia del cine.

A través de sus completísimas fichas podemos encontrar datos personales, filmes en los que aparecen, matan y mueren (si mueren), número de víctimas o incluso los métodos y armas favoritas de personajes tan ilustres como Hannibal Lecter, Jason Voorhees o Chucky.

Es una obra cuidada y especializada, muy recomendable para aquellos enamorados de este tipo de películas que quieran conocer más de sus "héroes" y no tengan reparos en zambullirse en una sopa de datos y cifras sanguinolentas.
Las fichas están colocadas por orden alfabético y podemos encontrar desde los serial killers más famosos hasta los que sólo han tenido un efímero momento de gloria. Además cuenta con un prólogo a cargo de Nacho Cerdá, director de Los Abandonados (lo cuál a lo mejor tampoco es decir mucho).

En definitiva, voy ahora mismo a por ella.

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domingo, 1 de febrero de 2009

Silencio.



Silencio: Relato en primera persona de un condenado a muerte.


Me gusta el silencio, el silencio absoluto. El silencio de cuando entras en una habitación o en el cuarto de baño y puedes oír el zumbido de los tubos fluorescentes, el vibrar eléctrico de las bombillas en el techo. Me encanta estar en silencio, escuchar mi propia respiración, oír a lo lejos los sonidos de la ciudad como un rumor de fondo.

Me llamo Laurent, mi padre era francés, y estoy recluido en mi casa porque hay unos hombres afuera que quieren matarme. Les debo dinero, mucho dinero. Y saben que no voy a pagárselo.

Todo está en silencio. Oigo el sonido de las olas rompiendo más allá de mi ventana, el ronquido del frigorífico, el siseo del disco duro de mi ordenador, y oigo los pasos de los tres tipos que me acechan al otro lado de esta puerta.

-¡Abre, francés!

El que habla es Álvaro, solía ser mi amigo, él me introdujo en la banda. Sé que sólo cumple órdenes, no le culpo. Y sé que será su cara lo último que vea si abro esta puerta. Así que no contesto.

Ahora empiezo a oír también una motosierra. Mierda, están tirando mi puerta abajo.

Un estruendo de golpes y pasos y un fogonazo de luz diurna irrumpen en mi apartamento hasta entonces en penumbra y en silencio como una tumba. Y tan deprisa como en un mal sueño tres pares de brazos se abalanzan sobre mí y me sacan a rastras de la casa. Álvaro es uno de ellos, sujeta mis manos en la espalda y me une las muñecas con cinta adhesiva de embalar. Los otros son Velluci y Garcés, y son los que me están dando puñetazos. Soy un tipo corpulento pero no puedo resistirme. Afuera nos espera su boss, le llamamos Señor Valerio pero sabemos que no es su nombre. Ni siquiera es italiano el hijoputa.

Cuando terminan de zurrarme me llevan ante él y de nuevo vuelve el silencio. El Señor Valerio me mira de arriba a abajo y yo entiendo su pregunta sin palabras.

-No, no tengo su dinero, pero…

Lo último que siento es un brutal golpetazo en la cabeza antes de despertarme dentro de este maletero.

Es imposible que sepa cuanto tiempo llevamos de camino, pero por el hambre que tengo me parece demasiado. A dónde demonios me llevarán estos… Un momento, se abre la portezuela. La luz de la tarde ha caído, casi es de noche, pero aún así me deslumbra la claridad cuando me arrastran fuera del maletero. Caigo al suelo de bruces, con las manos atadas a la espalda, y el golpetazo contra la tierra húmeda y fría hace que empiece a sangrarme la nariz. Álvaro me ayuda a ponerme de pie y veo que me han llevado a un cementerio.

-Nadie ha dicho que te incorpores.

Garcés me arrea un puñetazo en la entrepierna que vuelve a doblarme de rodillas en el suelo.

-Levántalo tráelo.

El que ha hablado, con su voz ronca y su acento fingido, es el boss, el Señor Valerio. Al oírlo Álvaro y Garcés me levantan por las axilas y me llevan a empujones a través del cementerio, vadeando un sin fin de árboles caducos y alejándonos de la carretera. El Señor Valerio camina delante y Velluci nos sigue de cerca, con su zurda dentro de la solapa de la chaqueta acariciando su pipa. Ja, como si fuera a irme a algún sito. Aunque consiguiera zafarme de estos dos, por más que grite nadie me iba a oír.

Nos detenemos y el Señor Valerio me señala una fosa cavada en el suelo. Es del tamaño de una tumba.

-Su tumba, señor francés –me explica.

Noto que Álvaro desliza un objeto delgado y metálico en la palma de mi mano antes de empujarme y dejarme caer al interior de la fosa.

Grito como un condenado pero no obtengo respuesta. Les veo patear el suelo mientras kilos y kilos de tierra fría van cayendo sobre mi cuerpo, me aplastan el pecho, me cubren la cara. Si sigo gritando la tierra se colará en mi boca así que aprieto los labios y me concentro en respirar. Intento colocar mi cuerpo de manera que entre la tierra y yo quede un espacio de aire, trato de retorcerme para salir de debajo de ella y trepar algunos metros, pero vuelvo a caer y la tierra me sepulta de nuevo. Agotado, deslizo entre mis manos la navaja que Álvaro me entregó antes de “despedirse” y consigo cortar la cinta de embalar. Rápidamente me llevo las manos a la cara, despejo de tierra cuanto puedo de mi nariz y mi boca y me esfuerzo por crear un hueco, una especie de bolsa de aire entre mis brazos y mi cara. Pero los sabuesos de Valerio no dejan de echarme tierra encima y no sé cuánto tiempo más podré aguantar su peso.

El aire no me durará demasiado.

Enseguida se ha hecho de noche sobre mí. El silencio es ahora absoluto. El silencio.

Siento mi pulso latir contra mis sienes, sólo oigo el terror de mis jadeos acelerados. Debo frenarlos o me asfixiaré, ¡me asfixio!

La muerte deja de ser algo futuro, algo probable para mí. La muerte está aquí, ¿a cuánto? ¿A cuatro inspiraciones? ¿A cinco?

Siento el dolor de mis músculos y huesos aplastados por el peso de la tierra. Me duele el pecho como si fuera a quebrarse por la falta de aire, se me duermen las extremidades, me mareo…

¿Voy a dejar que todo acabe aquí? ¿Voy a cerrar el libro? ¿Éste va a ser mi final? Mi cerebro me pide que afloje la tensión en mis brazos, que deje escapar el aire y me rinda a este calor, a este sofoco. Sin embargo mi mano atrapada consigue liberarse un ápice, se desliza hasta el hueco entre mis rodillas y empieza a hurgar en la tierra con la punta del cuchillo de Álvaro. De alguna manera he conseguido despejar un hilillo de polvo y piedras que cae lentamente a mis pies liberando un poco el peso de mi pecho. Quizá de esta forma pueda aflojar la tierra que cubre mis brazos, tal vez pueda liberar uno de ellos, con suerte, zafarme de este enterramiento improvisado y volver a respirar. No sé cuánta tierra me han tirado encima, no sé si han llenado la fosa o si se han aburrido y se han largado antes de terminar. Pero es mi única esperanza y no me queda aire para intentar otra cosa.

La respiración se me hace cada vez más dificultosa, el esfuerzo por cavar está acabando conmigo antes de tiempo. Sin embargo parece que mi idea surte efecto y siento mi brazo algo más suelto. Si consigo moverlo antes de que esta tierra húmeda se apelmace…

No sé cuánto tiempo ha pasado pero he conseguido sacar el hombro y subir el brazo unos centímetros, de momento sólo palpo tierra pero quién sabe lo que ocurriría si fuera capaz de llegar más arriba. El problema es que ahora, sin protección, toda la arena cae sobre mi cara y me veo obligado a contener la respiración.

He subido el brazo un poco más, todavía insuficiente. Inevitablemente el aire se me acaba, siento mi pecho romperse en pedazos y mi garganta se convulsiona como si fuera de papel. Extiendo la mano, sacudo los dedos frenéticamente intentando hurgar más en la tierra. Utilizo mis últimas fuerzas para luchar contra la gravedad y levantar mi cuerpo, pero aunque he liberado bastante peso de mi pecho todavía no es suficiente. Ahora mis piernas están atrapadas. Me duele, me duele demasiado la cabeza, mis ojos van a explotar si no abro la boca y respiro, ¡pero no tengo nada que respirar!

No puedo más. Mi mano cae sobre la tierra, mi pecho cede, separo los labios… y mi boca se llena de arena.

Ya no oigo nada -el silencio al fin-, ya no…

-Sal de ahí, imbécil.

La mano helada de Álvaro ha encontrado la mía a pocos centímetros de la superficie y tira de mi brazo hacia arriba. Mis pulmones parecen reventar cuando los lleno de aire y mi grito debe haberse oído más allá de los muros del cementerio.

-Calla, francés, levanta y corre conmigo.

Le oigo, le escucho por fin. Ya no quiero el silencio. Quiero las voces, los graznidos, los pasos que oigo, los disparos que rozan mi cabeza. Álvaro tira de mí mientras yo corro a oscuras, todavía incapaz de ver, apenas percibo un halo de claridad y algunas sombras que empiezan a tomar forma de árboles. Entonces a uno de los disparos sigue un alarido en mi oído y Álvaro cae al suelo.

-¡Me han herido! –me grita-¡Corre!

Me incorporo dubitativo y echo a correr, oigo los disparos a mi alrededor y sólo puedo esperar estar huyendo en la dirección correcta. Cuando mis ojos empiezan a reconocer lo que ven miro hacia atrás y veo las siluetas del Señor Valerio y de Garcés acribillando a mi amigo y salvador a bocajarro. Velluci corre hacia mí, me apunta con su pistola y parece esperar el momento de abrir fuego con garantías. Reanudo la carrera, esta vez por mi vida, pero tropiezo con una rama que no debería estar allí y caigo de bruces contra el suelo. Al darme la vuelta el pie de Velluci se clava en mi pecho y me aplasta contra la tierra. Se ríe de mí mientras me apunta. Se agacha y acerca su cara a la mía para decirme algo, pero yo no quiero escuchar sus gilipolleces, maldito sucedáneo de siciliano de película. Le clavo el cuchillo de Álvaro en el cuello y le quito la pistola de las manos antes de que me vuele la oreja con ella. Cuando me zafo de él tengo a Garcés y mi ex jefe a menos de un metro. Levanto los brazos y aprieto los párpados y el gatillo al mismo tiempo. No sé cuantas veces disparo, pero al abrir los ojos los dos pesos pesados están desplomados en el suelo a mis pies.

Me dejo caer contra la tierra, la tierra húmeda que ha estado a punto de ser mi último lecho. Me tumbo y respiro, en silencio, una inspiración larga, profunda, mientras los pájaros y el rumor de un riachuelo llenan mis oídos.

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jueves, 22 de enero de 2009

Una historia de Amor.


Se llamaba Lina, Lina Márquez, la conocí en el instituto pero después de lo que nos pasó no había vuelto a verla. Ahora la tengo delante, es curioso, sentada frente a mí en la biblioteca. Yo me mudé hace tres años, así que es la biblioteca de otro barrio, de otra ciudad, muy, muy lejos de donde nos conocimos. Me esquiva la mirada y sonríe nerviosa pero yo sé qué es ella, aunque en su chapita pone que se llama Marta.

Hace diecisiete años Marta –entonces Lina- se sentaba tres pupitres delante de mí en el aula A-3 del instituto. Yo era mal estudiante, mis inquietudes iban más por otros lados, pero ella no. Ella aprobaba siempre. Y además era preciosa. Después de dos cursos y varios meses tonteando y pidiéndole apuntes, bolis de sobra y goma de borrar, un viernes de enero me atreví a pedirle una cita. Fue el último día que la vi.

Aquella noche la invité al cine y ella pagó las palomitas. No recuerdo lo que vimos. Tampoco vimos demasiado. Sé que era una película de miedo, algo sobre un viejo cementerio, y al salir me hice el valiente alardeando de atreverme a entrar de noche en uno de ellos. Lina entonces sonrió y me hizo ver que dos manzanas más abajo encontraríamos la cerca desgastada del cementerio municipal.

Entré sin preguntarle si estaba loca, cumpliendo la promesa de un fantasma fanfarrón, y ella me siguió sin ocultar su burla y su descarada curiosidad. El camposanto estaba vacío y solitario, pero me hizo sentir menos miedo del que suponía. Tras recorrer algunos metros Lina debió entender que era suficiente y me detuvo contra la pared de un mausoleo, me besó y empezó a abrirme la camisa. Sus ojos parecían distintos bajo la única luz de la luna y las sombras cimbreantes de los sauces, su mirada aterradora, más que el propio cementerio. Su boca me buscaba y lamía mi piel y yo a penas acertaba a recorrerla con mis manos. La diferencia de experiencia me hizo avergonzarme.

Entonces oímos algo al otro lado de una formación de arbustos que se internaba en la oscuridad de un campo de tumbas, no entendimos lo que era y yo jamás comprendí por qué Lina dejó lo que estaba haciendo y se acercó con tal curiosidad a aquellos árboles. ¿Acaso había escuchado algo diferente a lo que había oído yo? ¿Algo más claro? La pregunta ha estado corroyéndome durante una mitad entera de mi vida.

Lina se abotonó la camisa y se despegó de mi piel sin dedicarme siquiera una última sonrisa, se dirigió a los arbustos medio agachada, con sigilo y una expresión horrorizada en su semblante. La vi alejarse por lo que me pareció un grotesco huerto de lápidas carcomidas y no tuve valor ni iniciativa para seguirla. Cuando me decidí a hacerlo era ya demasiado tarde. Lina había desaparecido y jamás volví a verla, hasta ayer, en la cafetería.

Todo pasó de una manera tonta, como en las películas. Por mi trabajo me veo obligado a recorrer diferentes barrios y calles a pie, deambulando de un lado a otro pegado a una cartera y a un teléfono móvil. En uno de mis descansos, no recuerdo la hora, topé con una persona a la entrada de un bar, chocamos de bruces, mi teléfono cayó al suelo, y tras agacharme a por él y levantar la cabeza me encontré con esos ojos que hacía casi dos décadas que no veía, pero que al parecer no había olvidado. La mujer me pidió disculpas y continuó su camino calle abajo. Era ella, estoy seguro, me vio, aunque no pareció reconocerme. Hasta hoy no he sabido lo equivocado que estaba.

Pero yo sí que había reconocido a mi adorada Lina, un sueño de juventud, presente para mí el resto de mis días, que no pensaba dejar escapar. Tenía que hablar con ella, tenía que comprobar que era ella, y, de ser así, acorralarla con mil preguntas.

Olvidé el café que necesitaba, ignoré el trabajo que me quedaba por el resto de la tarde y empecé a caminar siguiendo sus pasos. Su taconeo rápido y ágil me llevó, a través de la ciudad, por entre un laberinto de coches aparcados y callejones sombríos. La seguí de cerca, aunque no tanto como para arriesgarme a que se diera cuenta. Empezaba a oscurecer y la noche ayudaba a mantenerme oculto, a esconder la infamia de espiar a la mujer que amaba.

Casi una hora después de encontrarla en el bar habíamos cruzado de lado a lado la ciudad, estábamos en un barrio de los que se pueden denominar poco recomendables, con edificios desahuciados, cochambre y ruina y suciedad por todas partes. El óxido rumiaba lentamente las farolas y señales de tráfico y la mugre se confundía con los charcos de las alcantarillas desbordadas. Lejos de dar la vuelta y largarme de allí, seguí a Lina más allá de un abandonado vertedero hasta un complejo de edificios de oficinas desvencijado y decadente. Las puertas de madera carcomida no se soportaban en sus goznes y las ventanas desnudas estaban protegidas apenas por retales de plástico o telas rotas.

Lina me tenía asombrado, jamás hubiera imaginado encontrarla recorriendo con tal soltura un lugar así, ni siquiera hubiera pensado que alguien tan angelical pudiera conocer la existencia de un lado tan oscuro de la carroña humana. Por todas partes se escuchaban gritos, llantos de bebés, disputas ininteligibles y golpes huecos contra paredes caducas. Lina esquivó unos despojos imposibles de identificar que bloqueaban la entrada principal y poco después yo la seguí al interior de uno de los bloques. Cuando llegué al otro lado del recibidor, mi antigua amiga ya se perdía por una escalerilla al final de un pasillo maloliente, tan alargado como oscuro.

El edificio no parecía vacío, se oían voces, pero se escuchaban tan lejanas que no dudo en seguirla escaleras arriba sin temer ser descubierto. La chica subía deprisa, conocía el lugar, pero no llegó arriba del todo, sino que abandonó la escalera y se internó en otro pasillo cuya moqueta envejecida presentaba tantos agujeros como si hubieran plantado en ella. Yo la alcancé unos segundos después, extremando la precaución, pues sus pasos se oían cada vez más lentos. Me estaba acercando demasiado.

El pasillo tenía acceso a cinco habitaciones o despachos, desde dentro de uno de ellos escuché la voz que no oía desde cierta noche adolescente en aquel cementerio. Mi corazón dio un vuelco.

-Sabes lo que necesito –decía Lina, por supuesto no tuve arrestos de asomarme y averiguar a quién. No me pareció recomendable ser encontrado por nadie que necesitara esconderse en un lugar como ése.
-Y tú sabes lo que necesito yo –le contesto una voz ronca y apagada, de hombre de cierta edad y probablemente fumador en exceso-. Consígueme lo que yo necesito y tendrás de lo tuyo hasta hartarte.

La voz de Lina emitió un resignado gruñido y escuché el rumor de su ropa y sus zapatos poniéndose en marcha. Decidí no esperar a volver a toparme con ella, esta vez sería mucho peor si descubría que la había esperado y seguido hasta aquel mugriento rincón del infierno. Me despegué de la pared y abandoné el pasillo agradeciendo esa moqueta ruinosa que amortiguaba mis pasos y me precipité escalera abajo para huir antes de que Lina pudiera verme.

Han pasado dos días y ahora la tengo aquí, sentada delante de mí en uno de los escritorios de la biblioteca. No sé cómo me habrá encontrado aunque, en fin, supongo que es mucho más sencillo localizarme a mí que dar con ella, dado que yo no me he cambiado el nombre y mis datos figuran en la guía. Está aquí, mirándome con media sonrisa y los mismos ojos canelos que recordaba. Se ha recortado el pelo y lo ha teñido de caoba, pero sigue siendo ella, tal vez más cansada y vivida, pero la misma muchacha que copaba mis sueños.

-Así que eras tú.
-Has tardado en llegar –me dice. Yo arqueo las cejas.
- ¿Cómo sabías..?
-Vienes todos los días.

Muy bien, asumo que me ha estado observando, tal vez siguiendo, pero no me puedo quejar porque yo hice el otro día lo mismo. Me fijo en sus manos, largas y delgadas pero fuertes, con uñas mordidas y marcas de algún corte. Están entrelazadas sobre una pila de libros de medicina.

- ¿Eres doctora?

Lina sonríe, hace la cabeza hacia atrás y al menear su melena veo la oreja derecha repleta de aretes plateados.

-No, pero me interesa el tema –se acerca a mí-. Tú eres escritor. Al menos es tu hobby. Vienes aquí para documentarte, para… inspirarte.

Frunzo el ceño y me siento incómodo en mi butaca. Ella sonríe complacida.

- ¿Ves? Soy mucho mejor detective que tú.

Finjo una sonrisa y recorro la biblioteca con la mirada. ¿Cuánta gente me estará viendo tan pequeño, tan sumiso?

-Yo lo que quiero saber es por qué te fuiste, qué has hecho este tiempo –señalo la chapita verde que la identifica sobre la camisa de su uniforme-. ¿Y quién es Marta?

Ella sonríe, de medio lado, me muestra una imagen clavada en mi pasado.

-Me temo que esas son demasiadas preguntas. ¿Nos vamos?

El mediodía calienta la ciudad con un sol abrasador. Hemos comido en un Vips abarrotado, de los pocos sitios donde el aire acondicionado permite relajarse. La charla constante entorno a mis libros, mi trabajo y mi nueva vida no ha dejado espacio para averiguar nada de ella. Creo que ha sido premeditado, ella ha dirigido las conversaciones, como todo desde que me encontró esta mañana. Y ahora dice que me invita a un café en su casa, a pocas manzanas.

No sé qué hacer, esto es como un sueño. Y siento que si niego seguir el juego y me aparto de ella despertaré y jamás volveré a verla. No, debo jugar, seguiré jugando.

Su casa es un batiburrillo de libros y ambiente confuso. Alfombras, telas y tapices en las paredes, muebles viejos, mesas de diseño, espero que las fotografías sobre los estantes me ayuden a averiguar algo de mi misteriosa anfitriona, pero sólo son paisajes y reproducciones de obras de arte. Me temo que seguiré sin saber nada de esta nueva “Marta”.

Ha ido ha cambiarse de ropa y regresa de su habitación con una falda de tela multicolor y una fina camiseta de tirantes, en un instante me ha hecho olvidar todas mis dudas. Y en lugar de un par de tazas de café aparece con sendas copas de algún licor rojizo. No huele a vino, pero agradezco el cambio. Brindamos y me llevo la copa a los labios, dulce, cálido, casi he de controlarme para no bebérmela de un trago. Después Marta me arrebata la copa y la tira sin cuidado al suelo, su boca asalta mis labios y me veo enseguida apretado contra sus hombros, sus pechos, su cadera. Me arrastra hacia la habitación, esquivando algún tipo de obstáculo en el suelo que no reconozco. Cajas, ropa sucia… ni lo sé ni me importa. Caigo sobre la cama debajo de ella, me lame la cara, el cuello, no recuerdo cuando perdí la camiseta. El resto apenas son visiones, ramalazos de imágenes difuminadas y confusas. Su cuerpo desnudo, su olor, mis sensaciones, mi sed… Hasta que en algún momento del clímax me quedo inconsciente.

Tengo frío, frío en el abdomen. Algo me corta. Creo que no duele.

Cuando despierto me han trasladado hasta el portal de mi casa. Son las dos de la madrugada y no se cuánto llevo allí. Espero que ningún vecino me haya visto y se pregunte qué demonios hace un tipo tan cabal como yo ahí tirado como un vulgar borracho. Rebusco entre mis ropas para dar con las llaves de mi piso, me han vestido a la carrera, de medio lado, llevo los zapatos desabrochados y la camiseta del revés. Al menos las llaves y mi cartera siguen dentro del bolsillo de la americana. Apenas pongo un pie en mi salón me derrumbo en el sofá y vuelvo a quedarme dormido.

Por la mañana la ducha me arranca un acceso de resaca y me carga de remordimientos por faltar al trabajo. A la mierda todo. Me encuentro como el culo. El escozor del agua me revela un terror que yo creía ajeno y propio de las películas: tengo un corte a la derecha del ombligo, diez centímetros en diagonal cosidos con la torpeza de un cirujano aficionado. Marta, Lina… ¿Qué me has hecho?

El doctor Arranz lleva siendo mi médico desde que llegara a esta ciudad. Era una opción perfecta pues su consulta queda cerca de mi apartamento y al visitarle me ahorro los líos del tráfico y el aparcamiento en el centro. Hoy me vendrá de perlas: con esta mierda en el cuerpo no me atrevo a dar un paso por miedo a que revienten los puntos y salga todo para afuera.

-La radiografía no muestra nada -me dice, enseñándome una lámina negra con un curioso dibujo azulado que no comprendo-. No te falta ninguno de los extras de serie que deberían estar ahí.

Me sonríe. ¿Pero tú crees que tengo ganas de broma, imbécil?

Devuelta a casa sigo sin entender qué carajo quiso hacer Marta con mis entrañas. ¿Curiosidad? ¿Prácticas de cirugía? Y entonces me aterra el saber que no sé nada sobre ella. Ha vuelto a desaparecer, me ha dejado tirado y ha profanado mi cuerpo y ni siquiera sé su número de teléfono para preguntarle por qué. Sólo conozco dónde vive, al menos, a dónde me llevó. Vuelve a caer la noche y el sueño puede conmigo, creo que seré capaz de encontrar esa casa caótica por la mañana.

Los retortijones son insoportables. Abro un ojo para mirar el reloj y veo las cuatro y algo más de la madrugada. El sudor me nubla la vista y mis dientes castañetean y crujen apretados por el dolor. Siento que el estómago quiere salir de su urna de piel y grasa, me da pánico palpar con mis manos esa zona palpitante de mi cuerpo. Cierro los ojos con fuerza y empiezo a gritar de terror.

La puerta de mi apartamento se abre e irrumpen en él varios pares de botas y zapatos. Quienquiera que sea ha conseguido hacerse con una copia de la llave de mi casa. Marta… Tres hombres vestidos con monos blancos, guantes y máscaras se cuelan en mi dormitorio y me arrancan la sábana de encima. Uno me corta la camiseta con unas tijeras enormes y se deshace de ella. Encienden la luz, y veo mi “abdomen”.

La piel que debería ser blanca aparece enrojecida y se convulsiona como si algo quisiera salir de su interior, haciendo el dolor cada vez más fuerte. Un bulto del tamaño de un botón sube y baja sin cesar, mientras siento como si unas garras me rascaran desde dentro. Entonces oigo un débil ¡flap! y un salpicón de sangre mancha mi pecho. Por el agujero en mi carne que ha quedado abierto veo el pequeño ser repugnante que se mueve dentro, un bicho blanco, un gusano de mil pies y boca de esfínter que asoma la cabeza desde mi estómago y parece mirarme fijamente.

Rompo a chillar horrorizado, incrédulo, deseando despertar. El gusano empieza a trepar por mi cuerpo y sale completamente del agujero. Corre por mi piel, inquieto, blanquecino, sucio de sangre y vísceras. Pero detrás de él sale otro, y luego otro, y otro más. Pronto mi cuerpo y mis sábanas se llenan de bichos que corretean ciegos mordiéndome la carne, entrando y saliendo de mí como si fuera un queso de gruyere.

- ¡Ahí están! –oigo gritar a través de la máscara a la voz que días atrás hablaba con Marta en aquel edificio clandestino-. ¡Cogedlos a todos!

Intento imaginarme a Lina, mi Lina, desapareciendo tras los arbustos del cementerio. Intento recordarla anoche, montada sobre mí, besándome. Intento abrir los ojos y descubrirla aquí, tal vez, observándome morir desde el umbral. Pero es inútil. Los gusanos invaden mi cuerpo y mi cama. No me dejan chillar, no puedo moverme, incluso he empezado a respirar bichos. Estallan en mi boca cuando pretendo una bocanada de aire. Los noto dentro de mí, los siento moverse y morder mis entrañas. Ya veo lo que soy, una incubadora, una maldita incubadora. Lina, Marta, quien demonios sea, me ha vendido a cambio de Dios sabe qué. Ahora los tres hombres se abalanzan sobre mi cuerpo armados con pinzas gigantescas y extraños frascos de cristal. Tal vez me los quiten de encima y deje de sentirlos. Me da igual. Sé que pronto no sentiré nada.

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lunes, 19 de enero de 2009

200 años del nacimiento de la literatura moderna


"Y escuché un ruido de pronto, como si estuviesen llamando suavemente a mi puerta".

Hoy se cumplen 200 años del nacimiento de Edgard Allan Poe (1809-1849), como muchos han escrito, el padre de todo lo que hoy entendemos por literatura: la policiaca, la de misterio, la de terror... Origen e inspiración de la imaginación macabra que puebla sin que nos demos cuenta nuestros cimientos culturales a través de un sin fin de novelas, relatos, películas y series de televisión, a través de un elenco impresionante de autores que reconocen abiertamente la influencia del Maestro de lo Oscuro sobre su obra. Escritores como Baudelaire, Victor Hugo, Melville, Wilde, Conan Doyle, Lovecraft o Stephen King, por no hablar de cineastas como Hitchcok, no hubieran existido o hubieran sido muy diferentes sin la inspiración de Poe.

La caída de la casa Usher, Los crímenes de la calle Morgue, El péndulo y la muerte, El cuervo, El gato negro, El escarabajo de oro, La máscara de la muerte roja, La carta robada o La narración de Arthur Gordon Pim, son historias inmortales, muchas de las cuáles, con más o menos descaro, forman parte de las entrañas de muchas otras de los más diversos autores. ¿Acaso no está Sherlock Holmes inspirado en el famoso detective Dupin? La lista de ejemplos sería interminable.

Y si hablo de que el legado de Poe resulta clave en la literatura y en el imaginario cultural posterior, es justo también que explique su profunda influencia en mí.

No debía tener más de doce años cuando redescubrí un viejo libro en una de las estanterías del salón de mis padres, uno realmente feo y con una portada penosa al que había visto antes pero no había hecho ni caso. Tenía por título Narraciones Extraordinarias, y a mi eso me sonaba a exploradores por el Amazonas o a safaris por el Congo. Vete tu a saber por qué. El autor se llamaba Poe y aunque tal vez lo hubiera oído por ahí, en principio lo único que me resultaba conocido de ese libro era que el prólogo lo escribia Narciso Ibañez Serrador, que era el tipo ése del Un, Dos, Tres.

Muchas veces abrí ese libro tan feo antes de decidirme a leerlo, y cuando lo hice me encontré, para ir abriendo boca, con La carta robada, El escarabajo de oro y Los crímenes de la calle Morgue. Ahí me enganchó. No leí el resto del libro del tirón porque su prosa todavía me resulaba lejana a esa edad, pero uno a uno sus relatos fueron cayendo en mis manos, y calando en mi inspiración.

Poe me presentó a Verne, después a Lovecraft, a James, Hammett y por último a King. Poe me enseñó a leer y a ver y a amar lo gótico, lo macabro, el lado oscuro, lo siniestro y lo profundo del ser humano. Poe fue el primero en poner en mis manos papel y lápiz, guió mis primeros renglones torcidos para intentar, igual que ahora, que de mi imaginación brotara un relato como los suyos.

Gracias, Maestro.
¡Es el viento y nada más!"

Para aquel al que pueda interesar, y a todos debería, la Biblia:
http://www.librosgratisweb.com/autores/poe-edgar-alan.html

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lunes, 15 de diciembre de 2008

Feliz cumpleaños.



Las normas estaban claras. Cada gemela compraría el regalo de la otra por separado, saldrían en direcciones opuestas por la zona comercial y si se cruzaban disimularían con un gesto de cabeza y mirando para otro lado. Justo una hora después, con todo bien empaquetado, volverían a encontrarse en la puerta del cine.
Erika se despidió de su hermana Camila a las diecinueve cero cero y empezó a caminar entre las tiendas. En algún lugar entre Mango y H&M la sombra le apretó el pañuelo húmedo contra la nariz y la boca. Cuando volvió a despertar no sabía qué hora era, estaba en una habitación cuadrada y vacía, de paredes, suelo y techo de metal oxidado, como una jaula de mugre y roña. No se escuchaba ningún ruido, aparte del traqueteo de una especie de turbina, como un ventilador gigante. Estaba completamente desnuda a excepción de sus braguitas de algodón y una camiseta naranja de hombre, tres tallas mayor que la suya, que le llegaba por las rodillas y en la que alguien había pintado su nombre en rojo con brochazos desiguales: EriKa.
Sólo había un mueble en la habitación, una especie de carrito metálico para llevar medicinas. Tenía una jeringuilla usada encima, por lo demás estaba vacío. Erika encontró una puerta a su espalda y salió a un luminoso pasillo. La intensa claridad le hizo daño en los ojos y la sensación de mareo le hizo notar el bulto que tenía en la frente. Lo rozó con los dedos y encontró el tacto viscoso de unos puntos de sutura, alguien le había cosido una herida como quien remienda una muñeca rota. No recordaba haberse hecho esa herida.
El pasillo era largo como el corredor de un motel, enmoquetado, e igual que éste tenía puertas a ambos lados, aunque Erika no pudo contar cuántas. Corrió a trompicones hacia un extremo del pasillo: la puerta estaba cerrada, y después hacia el otro, pero el ascensor no funcionaba. Demasiado atolondrada para pensar, empezó a probar con las sucesivas puertas, sabía que alguna la ayudaría a salir de allí. Eso era lo único que quería, y cuanto antes.
Las dos primeras estaban cerradas, no parecían poder abrirse sin su correspondiente llave, sin embargo la siguiente no tenía el pestillo echado. Erika la abrió y asomó la cabeza, tanteó la pared pero no dio con el interruptor de la luz, de manera que la oscuridad no le permitió ver la bandeja de aluminio, el espejo tocador y el bisturí quirúrgico. Se alejó de allí y abrió la puerta de al lado, también estaba oscuro pero el olor a comida le hizo entrar y cerrar la puerta tras de sí. La luz se encendió al instante.
Había comida, sí, dos estantes repletos de embutidos, conservas y botellas de vino. Y en el centro de la habitación dos enormes perros negros que devoraban a medias una pierna de mujer como si no hubieran comido en semanas. La pareja de dobermans levantó la cabeza casi a la vez y encontró a Erika apretada contra la puerta, incapaz de mover un músculo. Los dos perros le mostraron los dientes y empezaron a caminar hacia ella, cuando logró encontrar el picaporte comenzaron a correr. Consiguió saltar al pasillo y encerrarles en la habitación antes de que se le echasen encima. A partir de entonces tendría más cuidado al probar una puerta.
Avanzó unos metros más por el pasillo, temblando a la vez de miedo y de frío, y encontró tres habitaciones más cerradas, en la cuarta sí pudo asomarse pero también estaba a oscuras. La única manera de encender la luz era entrar y cerrar la puerta. La habitación estaba en silencio y no percibía ningún olor. Pasó, cerró, y un trío de tubos fluorescentes parpadeó hasta encenderse por completo y descargar una luz azul sobre la habitación. Paredes y suelo parecían de espejo, había una mesa de comedor en el centro, y sobre ésta una jarra de agua y dos vasos de cristal. Erika se dirigió hacia ellos, se sirvió agua y en el momento de levantar el vaso cayó del techó una lámina de acero que cortó la mesa en dos, y que le hubiera partido a ella por la mitad si no hubiera tenido la suerte de que sus reflejos todavía funcionaran. ¿Dónde demonios estaba?
Retrocedió sobre sus pasos y regresó al pasillo. Esta vez no estaba sola. A su derecha, apenas a quince metros, había un hombre de espaldas a ella. Era alto, musculoso, llevaba una camiseta de tirantes y una capucha negra. Hablaba por teléfono en una lengua que Erika no conocía. Aprovechó para cruzar con sigilo el pasillo y entrar en la puerta de enfrente. Por suerte estaba abierta. Al cerrarla se encendió la luz. Tampoco era la salida.
Era una habitación más grande, parecida a una sala de espera. Tenía tres sillones sucios y desvencijados formando una ele frente a una televisión rota. En las paredes había restos de papel pintado y colgaba del techo un ventilador que parecía haber sido destrozado a golpes. Al fondo había una puerta, Erika escuchó los ruidos de cadenas del otro lado cuando ya casi estaba dentro.
La luz se encendió en aquel cuarto estrecho y agobiante, una luz rojiza como en el estudio de un fotógrafo. Las paredes eran de madera pero no llegaban hasta el techo, por detrás escondían alguna especie de mecanismo. Había dos hombres amarrados con grilletes a las paredes, pies en una, manos en otra, y el mecanismo tiraba de ellos descoyuntándolos con ese ruido de cadenas que Erika había escuchado. Los dos habían muerto. De uno, los brazos habían quedado colgando apenas por la piel, eran lo único que mantenía su cuerpo unido, el otro había reventado como un saco de sangre y el movimiento de la pared lo arrastraba por el suelo.
Erika contuvo las náuseas y cruzó la habitación de tortura para volver al pasillo, miró primero, y salió al comprobar que el hombre del móvil ya no estaba. Continuó probando todas las puertas, y en una encontró unas escaleras. Bajar o subir, y todas las viviendas tienen la salida por abajo.
Cada tramo de escalera estaba iluminado por un pequeño dispositivo en la pared. Erika descendió dos de esos tramos, todo lo que se podía, y encontró una puerta cerrada. Volvió a subir, y regreso al pasillo un piso por encima de donde había despertado.
Estaba igual de vacío que el otro, pero en lugar de limpio y luminoso, éste era lúgubre y decadente, como si lo hubieran abandonado. Tenía tantas habitaciones como el de abajo. La primera puerta estaba cerrada, la segunda, no.
La luz se encendió en cuanto Erika cerró la puerta a su espalda, se agarraba al picaporte por si tenía que salir corriendo de nuevo. Encontró una serie de taquillas, como en un vestuario deportivo. La mayoría estaban abiertas, reventadas a golpes, y todas estaban sucias e invadidas por el óxido. De alguna de ellas surgía el sonido de una caja de música.
La curiosidad mató al gato, pensaba Erika mientras se acercaba a las taquillas, despacio, asustada. Examino cada puerta, abierta o cerrada, y de repente la caja de música calló. Clic.
Erika salió de la habitación y regresó al pasillo en mitad de un chirrido agudo. Tenía ante sí una silla de ruedas volcada, una vieja silla que antes no estaba ahí. Una de las ruedas giraba y giraba sin cesar, chirriando lentamente. Desde debajo de la silla surgía un camino de sangre que manchaba el suelo desnudo del pasillo. Se perdía en la penumbra pero Erika pudo seguirlo hasta una puerta varios metros más adelante. Entró, y cuando se hizo la luz encontró a un hombre desnudo, golpeado como ella, era calvo y delgado y tenía unas grandes ojeras. Estaba sentado en el suelo de una especie de biblioteca, había encontrado un abrecartas y se estaba acuchillando con él el muslo derecho, destrozando la carne y haciendo brotar la sangre de una herida mal cosida que a Erika le recordó a la de su propia frente. Cuando la vio, levantó el cuchillo y lo apuntó hacia ella.
¡Sácamelo! ¡Sácamelo!
Erika se dio la vuelta horrorizada y salió de la habitación. Escuchó el gruñido demasiado tarde. Los perros de abajo, o quizá otros diferentes, estaban libres y la amenazaban desde el extremo del pasillo. Gruñían sin quitarle la vista de encima y babeaban a través de sus dientes apretados. De pronto empezaron a correr.
No eran dos, eran por lo menos cinco, iban a por ella y no tenía con qué defenderse, además, el estrechó pasillo no ofrecía ninguna protección. Esquivó al primero de un salto y probó suerte con una puerta cerrada, el segundo perro logró morderla en la pantorrilla, se lo quitó de encima de una sacudida. Dos puertas más cerradas y a la tercera se coló en una habitación antes de que otro de los dobermans le destrozase la cara. La luz ya estaba encendida y el tipo de la capucha estaba dentro. Sostenía una sierra eléctrica por encima de una camilla de hierro sobre la que otro hombre estaba perdiendo los miembros uno a uno. Erika empezó a gritar, el de la capucha abandonó su cometido y empezó a perseguirla por la habitación con la sierra en alto. Imposible regresar al pasillo, Erika encontró un corredor al fondo del cuarto y otra puerta más al otro lado. Rezó porque estuviera abierta y se abalanzó contra ella antes de ser alcanzada por el encapuchado. Entró y cerró tras de sí con pestillo, cerrojo y todo lo que encontró a mano. Al instante se encendieron una serie de focos que apuntaban a la pared contraria. Una pared de metal, como una rejilla de acero, en la que habían encadenado a su hermana Camila, brazos y piernas amputados, languideciendo mientras se desangraba sobre cuatro cubos de plástico.
Camilla había perdido el oído y la vista, apenas podía llorar. Erika bordeó la habitación incapaz de contener el llanto y al borde de la histeria mientras el gigante de la sierra aporreaba la puerta. La chica salió por el otro lado y encontró al final del pasillo la puerta del ascensor. Funcionaba.
Pulsó el piso más bajo y el elevador la llevó hasta el interior de un jardín. Más bien una selva descontrolada de plantas y hierbajos entremezclados que no parecía recibir ningún cuidado. El sonido vibrante de las luces de invernadero zumbaba como en un panal, y junto a él zumbaba algo más, el más de un centenar de avispas que se cernieron sobre Erika en cuanto ésta salió del ascensor.
La joven echó a correr sin rumbo fijo, esquivando hiedras y enredaderas con la nube de aguijones a su espalda. Salió por una puerta más allá de un grupo de violetas y aterrizó en un corredor angosto y oscuro que regresaba a la mansión. Lo dejó atrás y llegó a un tercer pasillo de habitaciones, las arañas se acumulaban en el suelo rodeando un cuerpo embalsamado en un saco de telaraña. Erika lo vadeó intentando no llamar la atención de los insectos y trató de abrir la puerta del fondo. Cerrada.
De pronto la herida de la cabeza le dolía demasiado, parecía palpitarle, como si el bulto tuviera en su interior un cascarón del que fuera a salir… cualquier cosa, a esas alturas. Los puntos de sutura eran firmes pero tremendamente irregulares, malos. Y el bulto estaba caliente, demasiado.
Abrió la puerta que tenía más cerca a su derecha y entró. Encontró una especie de cocina, más bien un cuarto de trinchar carne. Bebió agua del grifo y se armó con un cuchillo. Al fondo había una puerta cerrada pero rompió el cristal de una ventana y pasó al otro lado. Había tres hombres entorno a una mesa de metal cenando, tal vez desayunando, Erika no tenía ni idea de qué hora era. Parecían tan sorprendidos al verla como ella. Iban desnudos de cintura para arriba y tenían el pelo rapado. Les amenazó con el cuchillo y no hicieron nada por detenerla. Salió de la cocina por una puerta doble y entró en un hall impresionante, como el recibidor de un gran hotel, con lámpara de araña y cuadros de escenas de caza. Al pie de una escalera imperial estaba el hombre de la capucha, en realidad había cuatro. Sólo uno tenía la sierra eléctrica en la mano, reconoció al que había matado a su hermana. Todos la miraban, o parecían hacerlo a través de los pasamontañas. A su izquierda tenía la puerta de la mansión.
El bulto de la cabeza empezó a pitarle, pi-pi-piii, como una especie de alarma. Recordó los gritos del otro hombre intentando arrancárselo -¡Sácamelo! ¡Sácamelo!- de la pierna. Agarró con fuerza el picaporte, apretando los dientes y estrujando la empuñadura del cuchillo. En cuanto estuviera libre haría que la policía echara abajo ese sitio.
Pi-pi-piii.
Los tipos encapuchados la miraban, los que comían en la cocina también se asomaron. Giró el picaporte y miró hacia arriba, había un letrero, como un escudo heráldico sobre el dintel de la puerta.
No witnesses.
Erika no sabía inglés. Abrió del todo y cruzó el umbral de la puerta.
Pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi-piiiiii. Crock.
Silencio.
Los sesos de Erika encharcando el pavimento.

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jueves, 13 de noviembre de 2008

Voces.




El pasillo de la planta baja era oscuro y estrecho. Al fondo, una única luz brillaba en el umbral de las escaleras que bajaban al sótano, a la sala de la caldera, allí donde una noche más volvían a escucharse las voces.

Cristóbal era el tercer vigilante nocturno en lo que iba de año, el undécimo desde que, según la leyenda, empezaran a escucharse los gritos. Ninguno de sus predecesores habían terminado en condiciones de contarlo, tres estaban ingresados en diferentes centros psiquiátricos, cinco habían desaparecido, el resto se había suicidado.

El complejo llevaba cerrado más de sesenta años, abandonado en algún momento cercano al final de la Guerra Civil. Había sido concebido como hogar de discapacitados a principios de siglo y reconvertido en hospital de campaña durante los años más oscuros de la contienda. Los últimos informes databan del cuarenta y dos, después, nada. El terrible incendio había devorado dos de las alas anexas y parte del edificio principal, los expertos declararon que el fuego había surgido de un fallo en las conducciones de la caldera, pero nadie había querido investigar más allá. Ni causas, ni víctimas, ni responsables, todo había quedado silenciado. Hasta que la llegada del nuevo equipo ministerial supuso el inicio de las labores de restauración del viejo y defenestrado caserón.
Cuatro años antes de que Cristóbal consiguiera el puesto las autoridades habían vuelto a abrir las puertas, habían quebrado los sellos, habían desenterrado sus secretos. Y habían dado comienzo a las voces.

Aquella noche, como otras tantas, Cristóbal atravesó el estrecho pasillo con la linterna tiritando en su mano zurda y la diestra aferrada a la empuñadura de la porra que llevaba sujeta al cinturón. Sólo llevaba dos meses en aquel trabajo, y jamás hubiera imaginado que el terror iba a comenzar tan pronto. Le habían hablado de las voces, no le habían ocultado nada. Le habían explicado los misterios y los inconvenientes de aceptar el turno nocturno de vigilancia en un hospital abandonado, en un hospital con esa historia, en un lugar con aquella leyenda negra. ¿Qué había ocurrido entre sus paredes en el año cuarenta y dos? Las voces intentaban explicarlo, pero nadie sabía o quería hacerles caso.

Los gritos no sonaban cada noche, sino solamente algunas, en las madrugadas más frías y silenciosas de la sierra de Madrid. El tiempo parecía detenerse, el aire empezaba a oler a rancio, a reseco, chillidos como de reses siendo abiertas en canal recorrían las paredes del antiguo sanatorio como un filo de navaja. Siempre procedían de la habitación de la caldera, igual que el calor, el olor a sudor sucio, igual que la temperatura infernal que surgía de una caldera muerta hacía más de medio siglo.

Cristóbal volvió a sentir su corazón acelerarse cuando llegó al final de la escalera. El titubeante haz de su linterna dibujó un círculo espectral en la pared de hormigón que conducía a la puerta reforzada de la sala de calderas. Empezó a avanzar, muy despacio, sabiendo a ciencia cierta que el calor que sentía al acercarse era sólo producto de su imaginación, así como las voces, los gritos, chillidos estremecedores de niños ardiendo. ¿Qué ocultaban aquellas paredes? ¿Qué escondía esa máquina infernal? ¿Qué habían hecho con ella?
Los gritos se clavaban en las sienes del vigilante rompiendo su fortaleza, pensó que por qué las autoridades no se decidían a derruir el ala de la caldera, ¡el edificio entero!, olvidar la restauración y enterrar para siempre los terrores y los crímenes cometidos ahí dentro. Entonces las voces gritaron más fuerte.

¡Basta!, chilló Cristóbal, cerrando el puño entorno al pomo que parecía arder en su palma. Sólo tenía que entrar, cerrar la llave una vez más, así cesaría el dolor, cesarían los gritos. Al menos hasta la próxima noche.

Antes de abrir ya sabía lo que iba a encontrar al otro lado, nada. La sala iba a estar vacía como siempre, la caldera fría y sus juntas oxidadas, la vieja rueda hexagonal giraría con un quejido para acallar los gritos que no pertenecían a nadie de este mundo, que no eran reales, que nunca lo eran. Realizaría el ritual, jugaría con ellos una vez más, pero cuando el calor y las voces desaparecieran de nuevo correría hasta su garita y engulliría un litro de café pensando en cómo redactar su carta de despido. No lo soportaba más. No quería acabar como los otros, completamente loco.

Su mano giró el picaporte y empujó la puerta sin esfuerzo, qué raro, debería estar oxidada. En lugar de una habitación oscura encontró la sala iluminada, caliente, vibrante debido al inmenso calor que despedía el monstruo de acero que dormitaba en su interior. Los gritos resonaban con más fuerza que nunca en unas paredes de cemento que habían perdido sus telarañas como si no las hubieran ganado nunca, los tubos de metal que recorrían el suelo y trepaban hacia el techo aparecían relucientes como recién bruñidos y hasta la última de las herramientas estaba colocada en su sitio. La puerta se cerró de golpe tras los talones de Cristóbal.

En el centro de la habitación la calabaza de acero parecía mirar a los ojos del vigilante. Un fuego infernal se sacudía en su interior, golpeando el cristal del ventanuco redondo de su única puerta. Las llamas crepitaban despidiendo por las rendijas de la caldera un intenso calor y un hedor a carne quemada que Cristóbal no había experimentado antes. Nada de eso debería estar pasando, nada debería ser tan real, o al menos no parecerlo. Sin embargo el sudor se deslizaba por su piel desde debajo de su gorra y sentía el dolor del fuego calentando su cara, su uniforme, sus manos. Los chillidos brotaban del interior de la caldera, no cabía duda, tan dolorosos, tan intensos, que estaban rompiendo el alma del aterrado vigilante.

¡Silencio! ¡Callad!

Cristóbal dio un paso más hacia la caldera que parecía estar a punto de reventar. Las agujas de sus medidores, que deberían estar rotas e inservibles, marcaban niveles de temperatura y presión sobrehumanos. La visión del vigilante comenzaba a nublarse por el vapor y el sofoco y decidió hacer lo único que sabía podía funcionar: si giraba la llave hexagonal, si apagaba la caldera, podía conseguir que todo terminara.

Se acercó al monstruo de acero con la mirada fija en ese ojo de cristal contra el que se sacudían las brasas, empañado y turbio por la ceniza y que no dejaba distinguir su interior. El plástico negro de la linterna se arrugó como uno de los vasos de la máquina de café que había visto arder en algún momento de aburrimiento, la lanzó contra una de las paredes y alargó la mano hacia la rueda de hierro en la unión de los dos medidores. ¡Está muerta, lo sé!, gritó para sí, al borde de la locura, consciente de que si conseguía hacerla girar, ilógicamente aquel infierno cesaría.
Sus dedos rodearon las muescas de la manivela y dejó escapar un alarido al sentir la piel quemada. El hierro ardía pero aún así reunió fuerzas para obligarse a girar una manija desahuciada desde los años cuarenta. ¿Qué había ocurrido allí dentro? La pieza de metal giró por fin pero lo hizo para separarse de su soporte, para romperse, para desprenderse de la caldera y bailar entre los dedos del vigilante como en una broma macabra. Casi a la vez algo explotó en el interior del horno, su gruesa barriga se estremeció de repente y la temperatura aumentó todavía algunos grados. Los gritos, los gritos, Cristóbal se llevó las manos a la cabeza, ¡los gritos!

Estaba paralizado en el centro de la habitación cuando empezaron los golpes. Aunque le resultara increíble –y qué no lo era ya- procedían del corazón de la caldera, mezclados entre las voces. Eran sacudidas, como pataleos, puñetazos contra las paredes del gigante de acero. Cristóbal retrocedió horrorizado, los gritos además tenían forma, tenían cuerpo y querían escapar. No podía ser cierto, quiso asomarse apenas unos centímetros al interior del cristal y entonces una mano delgada y gris golpeó desde dentro el ventanuco. El vigilante dio un salto hacia atrás y se sintió al borde del infarto. Aquella mano era real, ¡la estaba viendo! Los dedos huesudos se deslizaron por el cristal dejando una marca como de cinco arañazos en el hollín. Había gente allí dentro, era cierto, había gente abrasándose viva.

Cristóbal se abalanzó contra la puerta y trató de abrirla pero sólo consiguió quemarse los dedos y que el calor sofocante le dejara sin respiración. Volvió a intentarlo, golpeó el cristal con su porra, buscó entre las herramientas con qué forzar la maldita caldera pero todo fue imposible. Aquellas personas se estaban quemando ante sus ojos sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

Entonces los gritos cesaron y, de alguna manera, Cristóbal lo entendió todo. Aquellos condenados no estaban intentando salir, ya estaban muertos de todos modos.

Se dio la vuelta hacia la caldera y encontró la portezuela abriéndose lentamente. Distinguió las sombras retorciéndose entre las llamas. Brazos, torsos, ojos que le buscaban, ojos que le encontraron.

Echó a correr hacia la puerta de la habitación mientras, a su espalda, una pierna ennegrecida surgió de las fauces de la caldera. Un ser calcinado salió de su interior, luego otro, vestían jirones quemados de batas de hospital que debieron ser azules y presentaban vagamente forma humana. El vigilante chocó de sopetón contra la puerta y contra la realidad al mismo tiempo: aquella puerta no iba a abrirse, nunca más, al menos para él. Chilló como no había chillado nunca y lloró como un niño antes de que la mano caliente y descarnada le agarrara por los pelos y le diera la vuelta.

La forma le miró con su único ojo, cabeza sin pelo y pústulas por todo el cuerpo. Detrás de él le esperaban más. Cráneos rapados, cicatrices, puntos de sutura, sangre en encías y globos oculares. Enfermos, todos enfermos. El fruto de la ignorancia, del miedo, de la crueldad y de la matanza. Le miraron durante unos segundos y él leyó la venganza en sus rostros. Sacrificio, escuchó, no supo bien de dónde. El olor de sus propias heces se confundió en su cabeza con el de la carne quemada, el de los brazos y manos que le agarraron y le levantaron del suelo, que arrancaron su mano del picaporte de la puerta cerrada, de su último asidero con la realidad. Gritó en busca de auxilio pero sabía bien que nadie iba a oírle, igual que sabía que nadie iba a encontrarle, que le darían por desaparecido como a los otros vigilantes. No había podido escapar a la caldera, no había podido eludir la purga de los pecados de otros.

Las criaturas tiraban de él hacia el interior de la caldera mientras luchaba por escapar de la muerte. Golpeó a una de ellas en la cara y escuchó el crujido de la piel quebrarse cuando su puño atravesó aquella cabeza tostada y reseca. De una patada arrancó un brazo decrépito que le agarraba el tobillo y por un momento consiguió zafarse y correr otra vez hacia la puerta. Pero las criaturas doblaron su esfuerzo, más y más de ellas brotaron del interior de la caldera que parecía vomitar cadáveres calcinados. ¿Qué había sucedido ahí dentro? Los enfermos volvieron a abalanzarse sobre él, le agarraron quince brazos, treinta manos, despojos de mujeres y niños le asieron del pelo y le mordieron las manos, los hombres más fuertes le levantaron del suelo y le cargaron en volandas hacia las fauces abiertas de aquel horno crematorio infernal, mal parto de las mentes enfermas de hombres supuestamente cuerdos.

Las suelas de los zapatos del vigilante se derritieron como goma y los dedos de sus pies ardieron en llamas. Sus gritos eran tan fuertes como lo habían sido los de las criaturas durante aquellas noches horribles de hacía sesenta años. Sus tibias crujieron, las rótulas estallaron y sus muslos se llenaron de ampollas sangrantes. Los testículos de Cristóbal reventaron y empezaron a brotarle llamas del abdomen, estómago y demás vísceras incendiadas, pero no conseguía morir. El humo encharcó sus pulmones pero la asfixia tampoco acabó con él. La piel de sus manos se desprendió del hueso y se arrugó hacia atrás como un calcetín, con medio cuerpo dentro de la caldera los globos oculares saltaron de sus órbitas y su cabello ardió como un manojo de bengalas. Las criaturas entraron en la caldera detrás de él, se sentaron a su alrededor en el centro de las llamas. Le miraban. Le oían chillar, le observaban consumirse. Entonces sus voces se unieron a la suya. Voces estremeciendo los cimientos del viejo sanatorio, los crímenes del pasado, las raíces de un mal ancestral. Del mal que surge del propio ser humano.

Dieciocho minutos después de haber empezado, todo terminó de golpe. La caldera se apagó y las voces… las voces guardaron silencio.



Publicado el 13-nov-08 en

Publicado el 13-nov-08 en

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