domingo, 15 de febrero de 2009

Maestros del Terror: Clive Barker


«La criatura se aferró a su labio y tiró del músculo hasta que asomó el hueso, como si le despojase de un pasamontañas.»

Cuando en 1984 se publicó el primer volumen de Libros de Sangre, Stephen King dijo: “He visto el futuro del horror y su nombre es Clive Barker”. Y a continuación añadió: “Lo que escribe crea la impresión de que el resto de sus colegas hemos permanecido estáticos durante los últimos diez años”. Pues no iba desencaminado.

Clive Barker creció en su Liverpool natal devorando todo escrito de terror que cayera en sus manos: Edgar Allan Poe, Ray Bradbury, Herman Melville, William Blake, y más tarde, William Burroughs, Thomas Harris y Anne Rice.

La irrupción de Clive Barker en la literatura de Terror supuso en los ochenta un giro de tuerca más (nunca mejor dicho) en el género. Hasta ese momento los grandes de las letras oscuras estaban estancados cómodamente en sus poltronas de bastantes miles de dólares contemplando la competencia como un ente amable y casi nada agresivo.

El género de Terror se mecía entre las manos de un Stephen King acomodado y de algún otro aspirante o consorte, tipo Straub o Koontz, pero estaba tan muerto como el agua de un lago y el Terror se sustentaba casi por completo en el cine o en la televisión.

Hacía falta un paso más y Clive Barker supo darlo.

La literatura de Clive Barker es oscura, grotesca, violenta y brutalmente sexual. Arrolló, se llevó por delante las historias de fantasmas y de payasos asesinos y tomó el trono –cual golpe de estado- del maestro del Terror contemporáneo.

Leyendo a Clive Barker te da miedo lo que lees, y el pensar que alguien puede haber escrito eso. Los Libros de Sangre –prologados por Ramsey Campbell- son una recopilación de relatos hipermacabros, ultraviolentos y de una imaginación salvaje, sin igual y desbordante. El Terror habita en cada una de sus páginas desde el primero de sus relatos, “Los muertos tienen autopistas”, en el que las fuerzas sobrenaturales empiezan a escribir sobre la carne de Simon McNeal los cuentos que leeremos a continuación.

Un estilo terrorífico y visual que tampoco perderán sus novelas, menos conocidas pero igual de impactantes, como Cabal, Razas de Noche o The Hellbound Heart, la novela que dio origen a la famosísima película Hellraiser.

Barker defiende la búsqueda de lo inusual en cada una de sus obras, la huída de lo predecible, la repulsa por lo convencional: “Casi toda la ficción de horror empieza con una vida rutinaria que es desquiciada por la aparición del monstruo. Una vez eliminado el monstruo, todo vuelve a la normalidad. No creo que eso sea válido para el mundo. No podemos destruir al monstruo porque el monstruo somos nosotros. Piénselo: no hay peores monstruos que las personas con quienes nos casamos, o con quienes trabajamos, o que nos han engendrado”. Tal vez por eso sus protagonistas son asesinos, ladrones, brujos, seres ambiciosos y perversos.

Por último, aunque este artículo pretende ir dirigido a la faceta literaria de Barker, no podemos ignorar su importancia en lo que se refiere al cine y la televisión. Muchos de los relatos contenidos en la piel de Simon McNeal, es decir, en Los Libros de Sangre, han sido adaptados con mayor o menor éxito, a menudo por él mismo. Ni que decir tiene que rozó, tocó y abrazó las mieles del éxito con Hellraiser (1987), y que no menos espectacular resulta Candyman (1992). De las dos hablaremos más adelante.


Hoy, Clive Barker aparece ligado, como siempre, a un sin fin de proyectos. Da la sensación de estar viviendo un regreso a la primera plana, ya que al éxito de su línea de videojuegos, Clive Barker’s Jericho o Undying, se une el inminente remake de Hellraiser y la adaptación de nuevos relatos de los Libros de Sangre, como El Tren de la Carne de Medianoche, y de otras novelas, como El Ladrón de Días, tanto al cine como al mundo del cómic y la novela gráfica. Además prepara su próximo largometraje, Tortured Souls.

Parece que Clive Barker, uno de los más grandes Maestros del Terror, seguirá horrorizándonos durante bastante tiempo.

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sábado, 14 de febrero de 2009

La muerta, de Guy de Maupassant

Segunda píldora de las grandes joyas del cuento gótico, o relato corto de Terror, como queramos llamarlo. En esta ocasión, después de Poe, el maestro Guy de Maupassant.


La Muerta.

¡La había amado desesperadamente! ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios... un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en todas partes, como una plegaria.


Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.

Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche llegó a casa muy mojada, porque estaba lloviendo intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante una semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: "¡Ah!" ¡y yo comprendí!¡Y yo comprendí!

Me consultaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío!¡Dios mío!

¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas... mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.


Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación -nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte-, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.

Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal -en aquel liso, enorme, vacío cristal- que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!

Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:

«Amó, fue amada y murió.»

¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!

Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.

Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente, lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!

No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente cómo se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:

«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.»

El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:

«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal.»

Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.

Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:

«Amó, fue amada y murió.»

Ahora leí:

«Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió.»

Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.


FIN


Guy de Maupassant (1850-1893) forma parte de esa estirpe de escritores de lo oscuro que debido a su prematura muerte resulta más conocido como cuentista que como autor de grandes novelas. En esa tradición de Cuentacuentos emparenta con otros grandes del género como Lovecraft, Poe, M.R. James, o Dahl, por citar algunos.

En sus relatos destaca la sencillez de la prosa, la facilidad para decir mucho con poco, para sugerir paisajes y emociones intensas con la mínima descripción.

Un mago de las palabras, alquimista de pociones tétricas y espeluznantes, la maestría con la que dibuja ese lúgubre cementerio, la naturalidad con la que nos transmite el miedo, el terror ante esas tumbas que se levantan... Convierten este relato de La Muerta en una de la grandes citas del verdadero fan de la literatura de Terror.

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lunes, 9 de febrero de 2009

Monstruos de Papel: Frankenstein


Empiezo una nueva sección de este blog dedicado a la literatura de Terror comentando la figura de un ser monstruoso al que le tengo cierto cariño. Una criatura incomprendida, desgraciada, a la que sólo el cine y el miedo a lo diferente convirtieron en un personaje de Terror. Me refiero al Monstruo de Frankenstein.

Para empezar, ni siquiera nació con nombre. Vió la luz por primera vez en 1818 gracias a la pluma y a la sorprendente imaginación de Mary Shelley, aquella fría tarde en casa de Lord Byron en la que esta mujer, esposa de un famoso poeta y escritora aficionada, regaló al mundo la que es considerada la primera novela de ciencia ficción de la historia y uno de los más hermosos cuentos de terror gótico: Frankenstein o el moderno Prometeo.

La Criatura, como digo, nació sin nombre, producto de la vanidad y del hambre de gloria del joven doctor Victor Frankenstein, quien lo "construyó" a partir de retales de tipos muertos y se afanó en darle la vida gracias a sus ingenios eléctricos.




¡Vive! ¡Vive!
Para colmo, el maldito doctor se asusta al ver el horror que ha creado y huye de su laboratorio, y claro, para cuando se arrepiente y regresa, su Criatura se ha dado el piro. A partir de entonces habrá un ser abominable, de tamaño gigantesco y cerebro en modo reinicio, vagando de un lado a otro sin entender quién es ni para qué existe, ni por qué aquel que lo ha creado reniega de él.
Sentirá el rechazo, el de su propio "padre" y el de los demás, se convertirá en un ser marginado y temido, y así despiertan en él el odio y la ira más profundos hacia su creador. Del tremendo empute decide marcharse a Ginebra, el hogar de Frankenstein, y pedirle explicaciones, pero en lugar de eso lo que hace es cargarse al hermano pequeño del doctor. Hombre, igual se pasa un poco, pero hay que ponerse en su lugar...

Cuando Victor Frankenstein lo descubre, sale en su busca y se encuentran más allá de la conchinchina, en la cumbre del Mont Blanc. La Criatura le explica que anda bastante jodido, por lo de crearle tan feo y que nadie le quiera, y le pide, por su madre, para que deje de estar tan cabreado, que a cambio de marcharse y desparecer del todo le regale una compañera.

Vamos, lo que hubiera pedido cualquiera. El doctor se pone al lío, el problema es que sólo a él se le ocurre arrepentirse antes de hacer la entrega. Aquí es donde la Criatura se convierte en Monstruo de Frankenstein, porque se rebota de mala manera y le da matarile a la prometida del doctor. Entonces éste decide vengarse y acabar con el monstruo de una vez por todas. Le persigue por medio mundo hasta que todo termina como el rosario de la Aurora. De la Aurora Boreal, porque la palman los dos en el Polo Norte.




Ésta es, a grandes rasgos, la historia original del Monstruo de Frankenstein, una criatura que la mayoría conocemos por las películas de cine pero que muy pocos han leído la novela. Una novela, El Moderno Prometeo, que no lo pinta como un personaje malvado por naturaleza, sino un ser convertido al odio por el rechazo al que le somete su creador, su gente, su pueblo. Es un retrato del peligro de los prejuicios, del terrible dolor que se puede causar a alguien sólo por no esforzarse en conocerle, en escucharle.


Tal vez un gesto contra la xenofobia, no sé, o un palo al poderoso que se cree capaz de realizar cualquier atrocidad sin esperar las consecuencias, en especial sobre los demás. Lo que está claro es que Frankenstein es un precioso cuento sobre la relación del hombre con la Naturaleza que sólo el cine y la imaginación han convertido en un personaje inolvidable y fundamental en el imaginario del Terror.

O no de tanto Terror....




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domingo, 8 de febrero de 2009

El Cuervo, de Edgar Allan Poe



El Cuervo (The Raven), 1845

Una vez, al filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado meditaba sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia, cabeceando, casi dormido, escuché de pronto un leve golpe, como si suavemente tocaran, tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante tocando quedo a la puerta de mi cuarto. Eso es todo, y nada más.”


¡Ah! Recuerdo con claridad aquel gélido diciembre; espectros de brasas moribundas reflejadas en el suelo; deseaba con angustia la llegada del nuevo día y en vano me esforcé por buscar en mis libros una tregua a mi dolor. Dolor por la pérdida de Leonora, la preciosa y radiante joven a la que los ángeles llaman Leonora. Y a la que aquí nadie volverá a llamar.


Y el crujir triste, vago, escalofriante de la seda de las cortinas rojas me llenaba de fantásticos terrores jamás antes sentidos. De manera que para acallar el latido de mi corazón, me ponía de pie y repetía:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto que desea entrar. Algún visitante que a deshora a mi cuarto quiere entrar. Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos, y ya sin titubeos dije: “Señor, o señora, imploro vuestro perdón, mas como estaba adormilado cuando vinisteis a tocar tan quedo a la puerta de mi cuarto, apenas pude creer que os oía.” Y entonces abrí la puerta de par en par, y ¿qué es lo que vi? Oscuridad y nada más.


Escrutando con atención aquella negrura permanecí largo rato atónito, temeroso, dudando, soñando sueños que ningún mortal se haya atrevido jamás a soñar. Pero el silencio insondable no fue turbado, y la única palabra que pudo escucharse fue el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?” Era yo el que susurraba, y a su vez el eco lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!” Sólo esto, y nada más.

Vuelvo a mi cuarto, y sintiendo mi alma toda, toda abrasándose dentro de mí, no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente algo sucede en la reja de mi ventana. Veamos qué es y exploremos este misterio: ¡Es el viento, y nada más!"

De un golpe empujé la persiana y con un tumultuoso batir de alas, entró majestuoso un cuervo digno de los santos días idos. No efectuó la menor reverencia, ni se paró un instante; y con aires de gran señor o de gran dama fue a posarse en el busto de Palas, sobre el dintel de mi puerta. Posado, inmóvil, y nada más.


Entonces, este pájaro de ébano cambió mis tristes fantasías en una sonrisa, por el grave y severo decoro del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—, no eres cobarde, lúgubre y viejo cuervo, viajero salido de las riberas nocturnas. ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!"
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”


Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado pudiera entender tan fácilmente mi lenguaje, aunque su respuesta no tuviera gran sentido ni me fuera de gran ayuda. Pues no podemos sino convenir en que ningún ser humano ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro posado sobre el dintel de su puerta, un ave o un animal, posado en el busto esculpido de Palas en el dintel de su puerta y con semejante nombre: “Nunca más.”


Pero el Cuervo, posado solitario sobre el plácido busto, no pronunciaba más que esas palabras, como si en ellas vertiera su alma entera. No dijo nada más; no movió ni una pluma. Y entonces yo comencé a murmurar débilmente:
“Otros amigos ya han volado lejos de mí, mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces el pájaro dijo : “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio tan con tan idóneas palabras, exclamé:
“Sin duda, sin duda lo que dice es todo lo que sabe, su único repertorio, aprendido de un amo infortunado a quien el desastre persiguió, acosó sin dar tregua hasta que sus canciones tuvieron un único estribillo, hasta que las endechas de su esperanza llevaron sólo esa carga melancólica de ‘Nunca, nunca, nunca más’.”


Pero el Cuervo arrancó todavía de mi alma triste una sonrisa; acerqué un mullido asiento frente al pájaro, el busto y la puerta; y entonces, hundiéndome en el terciopelo, empecé a enlazar una fantasía con otra, pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño, lo que este torvo, desgarbado, hórrido, flaco y ominoso pájaro de antaño quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra, frente al ave cuyos ojos, como tizones encendidos, quemaban hasta el fondo de mi pecho. Trataba de adivinar eso y más todavía, sentado con la cabeza reclinada en el terciopelo violeta acariciado por la luz de la lámpara y que su cabeza, la de ella, no oprimiría ya, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire se espesaba, perfumado por un invisible incensario mecido por serafines cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable! —exclamé—, tu Dios te ha concedido por sus ángeles una tregua, una tregua para que olvides tus recuerdos de Leonora. ¡Bebe, oh, bebe este dulce caldo y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”


“¡Profeta!” —exclamé— ¡Ser de desdicha! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar visitado por el Horror! Profeta, dime, te lo suplico, ¿existe, dime, existe un bálsamo para este dolor? ¿Existe el bálsamo de Galaad? ¡Dime, dime, te lo suplico!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé— ¡Ser de desdicha! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio! ¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas, por ese Dios que ambos adoramos, dile a esta alma llena de dolor si en el remoto Edén tendrá entre sus brazos a una santa joven, a quien los ángeles llaman Leonora, tendrá entre sus brazos a una preciosa y radiante joven a quien los ángeles llaman Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”


“¡Que esta palabra sea nuestra señal de partida pájaro o espíritu maligno! —le grité irguiéndome—. ¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica. No dejes aquí una sola pluma negra como recuerdo de la mentira que tu alma ha proferido! Deja mi soledad intacta. Abandona el busto del dintel de mi puerta. Aparta tu pico de mi corazón y tu figura del dintel de mi puerta."
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo, inmutable, nunca emprendió el vuelo. Todavía sigue allí posado, sobre el pálido busto de Palas, en el dintel de la puerta de mi cuarto. Y sus ojos se parecen a los de un demonio que sueña. Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama proyecta en el suelo su sombra. Y mi alma, fuera del círculo de esa sombra que flota sobre el suelo, no podrá volver a liberarse. ¡Nunca más!


EXTRAS:


El Cuervo en audio.









Versión de los Simpsons:


http://www.zappinternet.com/video/yejKxaZtoX/El-Cuervo-Los-Simpson


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sábado, 7 de febrero de 2009

Citas de Terror: Drácula



Cita mágica de la literatura de Terror y mil veces repetida en el cine. Probablemente mi favorita.


Leedla con cariño, amigos, y pensad en todo lo que conlleva.






"-¡Sea bienvenido a mi morada! -repitió- Entre por su propia voluntad, entre sin temor, y deje parte de la felicidad que trae consigo.


- ¿El Conde Drácula?


-Sí, yo soy Drácula."





En 1897, a la edad de 50 años, el irlandés Bram Stoker publicó Drácula, la más grande novela de terror gótico de todos los tiempos y una de las más adaptadas al cine, al teatro, al comic, a la televisión, hasta al papel charol y las figuritas de mazapán. Mil veces copiada, inspiradora de todo un género literario, de cultos, de modas, de leyendas...


Son tantas las frases increíbles que Stoker supo introducir en Drácula que sólo la cena de presentación casi daría para cinco artículos.


Bram Stoker falleció de sífilis en una humilde y pestilente pensión de Londres en 1912, cuentan que en sus últimos minutos de vida no hacía más que señalar hacia un rincón de su cuarto gritando: Strigoi, Strigoi...

Strigoi significa en rumano Vampiro.

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viernes, 6 de febrero de 2009

Las 13 mejores novelas de Terror de todos los tiempos


Encuentro en Nocte, el blog de la Asociación Española de Escritores de Terror, una lista de los 13 mejores libros de Terror jamás escritos.

Como toda lista popular, es subjetiva y relativamente autorizada, pero como indican que se han ordenado por estricto orden de puntuación de los miembros de la Asociación, podemos formarnos una idea bastante clara.

Podemos estar más o menos de acuerdo, ¿a vosotros qué os parece?


Los 13 mejores libros de Terror de Todos los Tiempos:

1. Los Mitos de Cthulhu, de H.P. Lovecraft.
2. Narraciones Extraordinarias, de Edgar A. Poe.
3. Libros de Sangre, de Clive Barker.
4. Soy Leyenda, de Richard Matheson.
5. Cementerio de Animales, de Stephen King.
6. Drácula, de Bram Stoker.
7. El Resplandor, de Stephen King.
8. El Misterio de Salem's Lot, de Stephen King.
9. It, de Stephen King.
10. El Exorcista, de William Peter Blatty.
11. Misery, de Stephen King.
12. La Feria de las Tinieblas, de Ray Bradbury.
13. Carrie, de Stephen King.


Bueno, por mi parte coincido bastante con la lista. Cómo no, contando con títulos tan importantes. De todos modos, aunque no cambiaría ninguno de los cuatro primeros, quizá sí que modificaría el orden de los nueve siguientes.

Por otro lado, aún siendo fanático de S.K., percibo en esta lista de los 13 mejores libros de terror jamás escritos una sobredosis de Stephen King que incluso a mí me da grima. Sin duda me cargaría algunos y añadiría otros.

Por ejemplo, quitaría It, Carrie y El Cementerio de Animales y le subiría la nota a Drácula y a El Exorcista.

Además, aunque la lista sólo sea de trece, me faltan: Frankenstein, El extraño caso del Doctor Jekill y Mr. Hide, Otra Vuelta de Tuerca, La Mansión Infernal de Matheson, e incluiría alguno en castellano, por ejemplo alguna de las leyendas de Bécquer o los libros de Somoza. También me faltan M. R. James, Ramsey Cambell, Koontz o Shirley Jackson pero claro, la lista se me marcharía a veinte.

Es curioso que en otras listas que he encontrado, como ésta de Amazón, aparecen casi los mismos.

¿No estaría genial que nosotros pudiéramos elaborar nuestra propia lista, digamos, de los 10 mejores libros de terror que hemos leído?

Aquí espero vuestros comentarios.

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miércoles, 4 de febrero de 2009

Soy Leyenda

Si ayer comentaba la vida y obra de mi escritor favorito, hoy le voy a dar el turno a mi novela favorita. Se trata del pequeño relato de Richard Matheson, Soy Leyenda.

“En aquellos días nublados, Robert Neville no podía saber cuándo se ponía el sol, y a veces ellos ya estaban en las calles antes de que él regresara”.

Soy Leyenda narra la historia de un científico decadente y su lucha por permanecer con vida. Es Robert Neville, el único superviviente de una hecatombe bacteriológica que ha devastado el planeta y ha convertido al resto de la humanidad en una especie de vampiros. Caza-vampiros de día, superviviente de noche, es Robert Neville, el último hombre vivo.

Descubrí esta novela tarde, después de haber leído muchas obras rimbombantes y pagadas de sí mismas a cargo de Stephen King, Pérez Reverte, Ramsey Cambell, Clive Barrer y otros, y encontré un pequeño librito de apenas ciento ochenta páginas, una edición de bolsillo, pero de bolsillo camisero, de la editorial Minotauro, un librito que apenas podía considerar una novela. Pues ese pequeño librito cambió mi manera de imaginar el terror y modeló mi manera de escribir.

Richard Matheson escribió Soy Leyenda en 1954, antes de El increíble hombre menguante, de El último escalón o de La mansión encantada, y antes también de destacar como guionista de cine (gran adaptador de Poe en los filmes de Roger Corman, por ejemplo) y televisión (La dimensión desconocida, sin ir más lejos). Es un autor admirado y adulado por muchos, algunos incluso de los más grandes escritores del género, como es el caso de Stephen King, que le dedica su libro Cell, o del director George A. Romero, que le cita como referencia para La noche de los muertos vivientes. Ha sido adaptada al cine tres veces: El último hombre sobre la Tierra, con Vincent Price; El último hombre vivo, con Charlton Heston; la más reciente Soy Leyenda, con Will Smith. Películas malas de narices que no hacen a la novela ningún favor ni le dan la publicidad que merece.

Volviendo a la novela, sorprende cómo Matheson convierte Soy Leyenda en un compendio de las grandes preguntas existenciales que desde siempre acosan al hombre. Robert Neville es un ser solitario, abandonado, no comprende lo que sucede ni tampoco encuentra el modo de arreglarlo. No entiende por qué sigue vivo ni tampoco por qué lo ha perdido todo. La lucha contra la soledad, contra el aislamiento, el miedo a la pérdida más absoluta, convierten Soy Leyenda en mucho más que una novela de terror.
Pero es que en ese aspecto Soy Leyenda también cumple a la perfección, qué diablos, resulta sublime. Con razón ocupa uno de los escalones más altos del podio de la literatura fantástica y de terror. Robert Neville lucha solo contra una plaga incontrolable que convierte a los seres humanos en criaturas monstruosas sedientas de sangre. Pasa los días cultivando ajos y reparando su casa para prevenir nuevos ataques mientras intenta aprovechar las horas de sol para reducir el número de enemigos. Y la gran pregunta con la que el lector se encuentra apenas abre el libro: ¿qué pasaría si un día no llegara a casa antes del anochecer?

Porque por las noches aparece el verdadero terror. Decenas de seres vampirizados hacen guardia frente a la puerta de su casa llamándole sin cesar, intentando romper su fortaleza para obligarle a salir. Neville debe dar lo mejor de sí para no volverse loco. En Soy Leyenda Matheson refleja un mundo confuso, aterrado por la amenaza comunista, la guerra fría y el miedo ante el horror atómico, nos presenta un planeta víctima de su propio descontrol, capaz de originar una plaga que termina de un plumazo con todo vestigio de la Humanidad.

Soy Leyenda está tan magistralmente escrito que con apenas cuatro personajes principales y un ambiente claustrofóbico dibujado con una habilidad inigualable irrumpe en el lector y le hace partícipe del terror de sentirse acorralado, del pánico por la falta de esperanza, del caos en el que se sume el personaje incapaz de sobrevivir un día más, no ya por miedo a sus enemigos vampiros, si no por el miedo a sí mismo. Por la repulsa de ver en qué se está convirtiendo.

Soy Leyenda es un ejemplo de literatura sencilla pero efectiva. Sencila en la forma, que no en el fondo, y efectva en todos los aspectos. Si quieren una novela con la que pasar verdadero terror, que se lee de un tirón y que no ocupará más que un huequito en el bolsillo de su chaqueta, vayan a comprar Soy Leyenda y si les gusta tanto como a mí, me lo cuentan.





PD: Ficha de la peli de Will Smith y críticas (no demasiado buenas) en

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