domingo, 8 de febrero de 2009

El Cuervo, de Edgar Allan Poe



El Cuervo (The Raven), 1845

Una vez, al filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado meditaba sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia, cabeceando, casi dormido, escuché de pronto un leve golpe, como si suavemente tocaran, tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante tocando quedo a la puerta de mi cuarto. Eso es todo, y nada más.”


¡Ah! Recuerdo con claridad aquel gélido diciembre; espectros de brasas moribundas reflejadas en el suelo; deseaba con angustia la llegada del nuevo día y en vano me esforcé por buscar en mis libros una tregua a mi dolor. Dolor por la pérdida de Leonora, la preciosa y radiante joven a la que los ángeles llaman Leonora. Y a la que aquí nadie volverá a llamar.


Y el crujir triste, vago, escalofriante de la seda de las cortinas rojas me llenaba de fantásticos terrores jamás antes sentidos. De manera que para acallar el latido de mi corazón, me ponía de pie y repetía:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto que desea entrar. Algún visitante que a deshora a mi cuarto quiere entrar. Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos, y ya sin titubeos dije: “Señor, o señora, imploro vuestro perdón, mas como estaba adormilado cuando vinisteis a tocar tan quedo a la puerta de mi cuarto, apenas pude creer que os oía.” Y entonces abrí la puerta de par en par, y ¿qué es lo que vi? Oscuridad y nada más.


Escrutando con atención aquella negrura permanecí largo rato atónito, temeroso, dudando, soñando sueños que ningún mortal se haya atrevido jamás a soñar. Pero el silencio insondable no fue turbado, y la única palabra que pudo escucharse fue el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?” Era yo el que susurraba, y a su vez el eco lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!” Sólo esto, y nada más.

Vuelvo a mi cuarto, y sintiendo mi alma toda, toda abrasándose dentro de mí, no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente algo sucede en la reja de mi ventana. Veamos qué es y exploremos este misterio: ¡Es el viento, y nada más!"

De un golpe empujé la persiana y con un tumultuoso batir de alas, entró majestuoso un cuervo digno de los santos días idos. No efectuó la menor reverencia, ni se paró un instante; y con aires de gran señor o de gran dama fue a posarse en el busto de Palas, sobre el dintel de mi puerta. Posado, inmóvil, y nada más.


Entonces, este pájaro de ébano cambió mis tristes fantasías en una sonrisa, por el grave y severo decoro del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—, no eres cobarde, lúgubre y viejo cuervo, viajero salido de las riberas nocturnas. ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!"
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”


Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado pudiera entender tan fácilmente mi lenguaje, aunque su respuesta no tuviera gran sentido ni me fuera de gran ayuda. Pues no podemos sino convenir en que ningún ser humano ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro posado sobre el dintel de su puerta, un ave o un animal, posado en el busto esculpido de Palas en el dintel de su puerta y con semejante nombre: “Nunca más.”


Pero el Cuervo, posado solitario sobre el plácido busto, no pronunciaba más que esas palabras, como si en ellas vertiera su alma entera. No dijo nada más; no movió ni una pluma. Y entonces yo comencé a murmurar débilmente:
“Otros amigos ya han volado lejos de mí, mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces el pájaro dijo : “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio tan con tan idóneas palabras, exclamé:
“Sin duda, sin duda lo que dice es todo lo que sabe, su único repertorio, aprendido de un amo infortunado a quien el desastre persiguió, acosó sin dar tregua hasta que sus canciones tuvieron un único estribillo, hasta que las endechas de su esperanza llevaron sólo esa carga melancólica de ‘Nunca, nunca, nunca más’.”


Pero el Cuervo arrancó todavía de mi alma triste una sonrisa; acerqué un mullido asiento frente al pájaro, el busto y la puerta; y entonces, hundiéndome en el terciopelo, empecé a enlazar una fantasía con otra, pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño, lo que este torvo, desgarbado, hórrido, flaco y ominoso pájaro de antaño quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra, frente al ave cuyos ojos, como tizones encendidos, quemaban hasta el fondo de mi pecho. Trataba de adivinar eso y más todavía, sentado con la cabeza reclinada en el terciopelo violeta acariciado por la luz de la lámpara y que su cabeza, la de ella, no oprimiría ya, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire se espesaba, perfumado por un invisible incensario mecido por serafines cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable! —exclamé—, tu Dios te ha concedido por sus ángeles una tregua, una tregua para que olvides tus recuerdos de Leonora. ¡Bebe, oh, bebe este dulce caldo y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”


“¡Profeta!” —exclamé— ¡Ser de desdicha! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar visitado por el Horror! Profeta, dime, te lo suplico, ¿existe, dime, existe un bálsamo para este dolor? ¿Existe el bálsamo de Galaad? ¡Dime, dime, te lo suplico!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé— ¡Ser de desdicha! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio! ¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas, por ese Dios que ambos adoramos, dile a esta alma llena de dolor si en el remoto Edén tendrá entre sus brazos a una santa joven, a quien los ángeles llaman Leonora, tendrá entre sus brazos a una preciosa y radiante joven a quien los ángeles llaman Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”


“¡Que esta palabra sea nuestra señal de partida pájaro o espíritu maligno! —le grité irguiéndome—. ¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica. No dejes aquí una sola pluma negra como recuerdo de la mentira que tu alma ha proferido! Deja mi soledad intacta. Abandona el busto del dintel de mi puerta. Aparta tu pico de mi corazón y tu figura del dintel de mi puerta."
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo, inmutable, nunca emprendió el vuelo. Todavía sigue allí posado, sobre el pálido busto de Palas, en el dintel de la puerta de mi cuarto. Y sus ojos se parecen a los de un demonio que sueña. Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama proyecta en el suelo su sombra. Y mi alma, fuera del círculo de esa sombra que flota sobre el suelo, no podrá volver a liberarse. ¡Nunca más!


EXTRAS:


El Cuervo en audio.









Versión de los Simpsons:


http://www.zappinternet.com/video/yejKxaZtoX/El-Cuervo-Los-Simpson


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