jueves, 21 de agosto de 2008

Tomás.


Ella había muerto. Él se encontraba perfectamente, o eso creía, un par de arañazos tal vez. Pero ella no volvería a respirar, y no era plan de echarse uno encima las culpas.
Tomás entró en su casa en último lugar detrás de sus padres y su hermano, con las manos todavía temblorosas y sujetas tras la nuca para no liarse a golpes de rabia. Después de horas de silencio, en las que las miradas lo habían dicho todo, ningún miembro de su familia o de la de ella había tenido el valor de dirigirle de nuevo la palabra. Sin embargo él sabía lo que pensaban, no necesitaba escucharlo porque su cabeza lo repetía sin cesar.
Tomás no sabía llorar. De hecho, no recordaba cuándo lo había hecho por última vez, pero entonces hubiera deseado poder hacerlo, hubiera vendido su alma al diablo para poder romper en llantos y borrar con lágrimas todo lo sucedido. O no, mejor aún, vendería su alma al diablo por una máquina del tiempo, para así ser capaz de regresar a aquel instante de mierda en que salió de la discoteca abrazado a su novia, el sol ya casi despuntaba, y ella le repetía que prefería volver en taxi.
Ey, ¿qué estaba haciendo?, no era momento para ponerse a pensar en tonterías, ella ya no volvería a pedirle nunca nada.
Descargó su cuerpo abatido contra la cama, como a cámara lenta, contando los segundos en su cabeza. El tiempo lánguido y confuso, como flotando en una nube, gravedad cero, mente en blanco y ojos como platos que no ven, sentidos dormidos que no sienten, apenas humedecidos los lagrimales, con la mirada fija en el suelo y la respiración entrecortada. A velocidad de un fotograma por segundo dejó caer la americana desde sus hombros al edredón y sacó la corbata del bolsillo interior. Las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y un terrible olor a alcohol, un olor indescriptible, irreconocible, póngame un ron con cola con whisky con agua con licor de plátano con un poco del cuarenta y tres y vodka con limón. Y ese chirrido entre los cristales antes de la oscuridad.
Mientras estaba en el hospital, Tomás sólo pensaba en derrumbarse en su colchón y llorar con la cabeza hundida en la almohada, y sin embargo ahora era incapaz de tumbarse, tan impensable relajarse como imposible le había sido antes, en el pasillo de la U.C.I., mirar a la cara a su familia y, aún peor, a la de ella. ¿Pero cómo le explicaba a un padre, a esa madre desconsolada y rota, vacía por dentro, que no era sólo él, que todos bebían, que incluso ella lo había hecho? ¿Y cómo volver a hablar a su mejor amigo, el hermano de ella, su compañero desde críos, cómo demostrarle que no quería que aquello sucediera, que nadie, de eso estaba seguro, podía sentirse peor que él en esos momentos?
Por eso era mejor no hablar, mejor guardar silencio, ya que lo que sí era seguro era que ninguno de ellos se iba a molestar siquiera en recomendarle a gritos por dónde tenía que haberse metido él el volante. No estaban para pamplinas.
De manera que Tomás se sentó en el borde de su cama y trató de poner la mente en blanco, se balanceaba sin darse cuenta como un niño asustado al tiempo que intentaba formatear su cerebro. Pálido el rostro ojeroso, sudorosa la frente y frenéticas las manos, demasiado pronto para olvidarlo todo con el runrún todavía de aquella última canción repicando, a lo lejos, en algún lugar de sus tímpanos. Se encerró en su habitación con la boca apretada, los ojos abiertos de par en par con sus respectivas cejas colgadas del flequillo, las ventanillas de la nariz aleteando con cada respiración, musitando de vez en cuando un nombre ininteligible. Le dolía la cabeza, no quería ni podía pensar, sólo miraba aquel puntito en el baldosín del suelo junto a la pata de la silla y tarareaba la dichosa cancioncilla.
No hacía tanto que habían subido al coche, ella con él, y aún hacía menos que habían tenido que sacarlos de entre los hierros, por la ventanilla del conductor, claro. Sólo recordaba un grito, el de ella, y un claxon enloquecido. Cuando volvió a la luz reconoció a su padre sujetando una bolsa de hielo contra su frente y preguntándole sin cesar qué has hecho. No había hablado con los padres de la chica pero recordó haber temblado al leer el letrero d el pasillo de Cuidados Intensivos. Dios fue la última palabra que Tomás pronunció aquella noche, al menos que se entendiera, aunque Dios sólo hubiera llegado a tiempo para él, no para ella. Un milagro dijeron los médicos que examinaron a Tomás, una mierda gritó el padre de ella antes de salir de la habitación y reventar a patadas una máquina de refrescos por no reventarle a él.
Flashes de mil colores y exclamaciones entrelazadas se agolpaban frente a los ojos de Tomás como proyectados en aquel punto del suelo. No podía sacarla de su cabeza. Sus labios temblaban musitando compulsivamente su nombre mientras aquella última imagen iba abandonando su mente tan despacio como antes el espíritu de la muchacha había abandonado su cuerpo, a través, no cabía otra posibilidad, de la ventana rota de Tomás.
Pero él no sabía llorar. Dejó, inconsciente en su balanceo, que su mirada traicionera paseara por las paredes de la habitación arrancando de ellas fotos, dibujos, postales y recuerdos que exhalaban su aroma y cobraban vida ante sus ojos. Ella le había regalado la mitad de aquellas cosas y aparecía en la otra mitad, cómo admitir que ya no lo haría. Aquella película que vieron juntos, ese viaje de verano junto a ella, el día de su cumpleaños, los recibos de sus compras de Navidad, su jerseys olvidados y sus huellas en el aire, todo reflejado en cada rincón de la habitación, todo demasiado a flor de piel. Los arañazos y heridas de su cuerpo escocían sólo de pensar en ella, no podía separar su nombre de sus labios, pero su imagen, debía desterrarla o acabaría matándole. Daba gracias al cielo por no haberla visto debajo de los hierros.
Sumido en el silencio y en la desesperación, Tomás balbuceaba como un niño autista, columpiándose sobre el borde de la cama, apretando con los puños sendos jirones de tela de los muslos. No había sido caro el esmoquin, estos sitios lo requerían, pero el vestido de ella sí que lo era, aquel traje negro precioso que tan bien le sentaba, pero qué bonita estaba. Estaba. Ella.
Tomás repetía uno tras otro en su cabeza los pasos que habían dado los dos juntos esa noche, desde la cena de Nochevieja en casa de sus padres hasta la salida de la fiesta. Ya entonces le dolía todo, y recordó que no veía muy bien, ella también se quejaba, creyó acordarse de que se trataba de los pies por culpa de aquellos largos tacones. A los dos se les iba un poco la cabeza, y era difícil concentrarse en caminar entre tantas risas. Ella estaba preciosa y, como no había amanecido aún, estaban decididos a desayunar churros, como siempre fue de ley en Año Nuevo. Ahora sólo a él le dolía la cabeza, a ella ya no le dolía nada.
Tomás aprendió a llorar aquella noche, pero nunca se lo dijo a nadie. Yo no quería, yo no quería, repetía sin cesar y susurraba su nombre. Algo le dolía por dentro, algo profundo e indescriptible se rompía en su interior pero no sabía darle forma, ponerle un nombre. Pensó que, como en las canciones, podría ser el corazón. La verdad era que dolía y mucho, tal vez demasiado, y no era capaz de localizarlo ni deshacerse de esa sensación. De pronto se dio cuenta de que sus labios se humedecían y no era la saliva, Tomás ya sabía llorar, aunque no se lo quiso contar a nadie.
Su hermano se había escondido en su cuarto, prefería, como Tomás, estar sólo y pensar, no le vendría mal aprender. Sus padres hablaban en el salón. Papá gritaba de vez en cuando, pero Tomás no era capaz, o no quería, entender lo que estaba diciendo, bastante tenía con lo suyo. Mamá si que lloraba de verdad, y no porque fuera experta, sino porque se ponía en el lugar de la madre de ella. Ambos, Papá y Mamá, habrían jurado sobre la Biblia, como los americanos de las películas de juicios, que a Tomás jamás le ocurriría, ¡pero si él no bebía! Bueno, tal vez un poco, pero como todos ¿no? Además, su Tomás era distinto, le habían educado como mejor sabían y era un chico responsable y maduro, joven pero sensato, no querían decir que fuese modélico, pero, por favor, ¡no era Lucifer! Estaban tan seguros de haber hablado lo suficiente con él y de que era consciente de los riesgos y de sus responsabilidades ante ellos que aquello no entraba en sus planes. Vamos, a nuestro Tomasín...
No bebas hijo, y si lo haces, no cojas el coche. Ya lo sé Mamá, no te preocupes. Los padres de Tomás no quisieron hablar con él al volver del Hospital, tampoco les habría escuchado. Sabían dónde y cómo se habían equivocado, pero no sabían cuando, y se sentían tan responsables como él del dolor de aquella otra familia. Decidieron que no podían permitir que el chico cargara con toda la responsabilidad, que era suya, sí, pero su deber como padres era el de apoyarle en esos tan malos momentos y brindar a los familiares de ella todo su cariño y ayuda de cualquier manera. Eso sería lo correcto, y debían anunciárselo a Tomás, tratar de animarle si era posible.
Esperarían un rato a que se tranquilizara, que meditara sólo en su habitación haciéndose consciente de lo que había sucedido y por qué, y entonces acudirían a él para evitar que pudiera agobiarse o deprimirse sin necesidad. Así lo harían, dándole tiempo para que pensara, que reflexionara, que asumiera lo ocurrido y sus consecuencias, que reconstruyera su vida. Pero sabían que tampoco convenía abandonarle en esos momentos, por eso sólo le dejarían a solas un ratillo, no demasiado. Fue horas después, cuando Papá decidió acercarse a su cuarto para ver cómo estaba, cuando encontraron la habitación vacía y una ventana abierta.
Publicado el 20-ago-08 en

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